miércoles, 7 de septiembre de 2016

EL GRAN ZIMBABUE

Éste es el lugar del mundo donde he sido más feliz.
Cuando la luna llena, generosa, recorta con su luz el silencio, las expectativas, la indómita curiosidad… guiando los pasos, cubriendo de plata lo que antaño fue oropel...
Cuando chocas con una piedra y sientes que su sonido sincopado se acopla a tu corazón, que puedes oler el sudor humano, el olor a animal de caza o a leche de rebaño…
Cuando sientes que puedes deslumbrarte con el brillo del oro y asustarte con los borbotones de mosquitos que ansiosos buscan tu sangre.
Que te engullen pasillos estrechos de piedra, como estrecha es la paciencia de los comerciantse que, a voz en grito, cubren las calles con las bondades de sus mercancías y aranceles.

Si acercas el oído a la llanura puedes oír a mujeres pariendo, niños gritando, hombres bebiendo, caballos deslomados…

Si desde lo alto acercas una caricia a la roca, te hablará de vastos imperios, de visitas inesperadas, de riquezas, reyes y sacerdotes en ora pro nobis. Te susurrará al oído que el cielo es tu techo cuando todo se desmorona y el cordón umbilical permanece adherido a la tierra… y siento que marcharé imperfecta, como todos ellos antes que yo, que innoble en la ignominia de mis actos, de nuevo me acogerá en su corteza y el legado de mis dichas podrán ser relatadas aquí, en lo más alto de la piedra por alguna pragmática y juglar canción de gesta o lejana parienta. Eso me consuela.








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