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Olía muy bien

  Mi madre siempre decía que había que tener cuidado con los hombres que olían demasiado bien. Mi padre fue un hombre bueno hasta casi los cuarenta. Luego se tuvo que morir y mi madre dejó aquel consejo en su lugar. Quería que yo amara a alguien, pero no demasiado. Lo suficiente para compartir una cama, una hipoteca, pero no tanto como para que su ausencia pudiera arruinarme la vida. Y todo había ido bien hasta aquel momento exacto. Acababa de salir de una farmacia con una caja de pastillas para dormir y un pintalabios rojo que había comprado por error. Entonces apareció él. Olía a ropa recién lavada, a hotel caro y a una vida en la que nadie tenía que discutir por quién bajaba la basura. Se me cayó al suelo una muestra de mis ruinas y él me ayudó a recogerlas con tanto cuidado que parecía un hecho rutinario, algo que hubiera interiorizado. Yo me puse tan nerviosa que empecé a hablar. Mucho. Sin sentido. Le conté que dormía muy poco porque tenía demasiadas cosas que hacer, que ento...

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