viernes, 1 de abril de 2016

ATUP

Me fascinaba la vida de Atup.
Ya era bastante mayor. Yo no sé echarle años a la gente pero podría decirte que el dragón que llevaba tatuado en el costado ahora parecía un riel discontinuo, una cremallera de hormiguitas de tinta.
Me fascinaba su nombre. Cuando la conocí pensaba que era el nombre de una guerrera india y bueno... sí era guerrera pero no india.
Cuenta que una noche de agosto, de esas en las que el sol calienta hasta por la noche, su padre, embriagado por el olor de las flores amarillas del pelo de su madre, se cayó dentro de ella y plantó una semilla y le creció una Puta.


Al principio el nombre le parecía cruel, pero siempre explicaba que en Noruega, de donde viene el salmón y los cubitos de hielo, significaba almohada, pero en el instituto, cuando empezó a cotizar, harta de tanta explicación y atrapada en la semántica sin salida, le dio la vuelta al nombre. 

Se prostituyó como una gran profesional y se tomaba muy en serio su oficio, desterrando la vulgaridad del arquetipo. Era culta, leída, rápida, inteligente. Amó a todos y cada uno de sus clientes porque sabía de la penitencia impuesta por el negocio teológico sobre las almas mancilladas durante toda la eternidad y eso le otorgaba la ternura y piedad necesaria para congratularse con su trabajo.
Me fascinaba verla danzar y cantar como una ballena de plata acercándose a la orilla, preparada para morir varada a causa de la falta de fe en la condición humana. 
Ella...tan carnicera. Ella, la que tanto amó. 
¿Qué haremos cuando muera la última Diosa?
¡Estáis acabando con todo! ¡Yo os maldigo!





1 comentario:

  1. Genial Ana, mal acostumbrados nos tienes. A veces tenemos que leer del revés para darle sentido a lo que no lo tiene

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