Olía muy bien


 


Mi madre siempre decía que había que tener cuidado con los hombres que olían demasiado bien.

Mi padre fue un hombre bueno hasta casi los cuarenta. Luego se tuvo que morir y mi madre dejó aquel consejo en su lugar.

Quería que yo amara a alguien, pero no demasiado. Lo suficiente para compartir una cama, una hipoteca, pero no tanto como para que su ausencia pudiera arruinarme la vida.

Y todo había ido bien hasta aquel momento exacto.

Acababa de salir de una farmacia con una caja de pastillas para dormir y un pintalabios rojo que había comprado por error.

Entonces apareció él.

Olía a ropa recién lavada, a hotel caro y a una vida en la que nadie tenía que discutir por quién bajaba la basura.

Se me cayó al suelo una muestra de mis ruinas y él me ayudó a recogerlas con tanto cuidado que parecía un hecho rutinario, algo que hubiera interiorizado.

Yo me puse tan nerviosa que empecé a hablar.

Mucho.

Sin sentido.

Le conté que dormía muy poco porque tenía demasiadas cosas que hacer, que entonces compraba pastillas para dormir que me fulminaban y que al día siguiente, naturalmente, tenía todavía más cosas que hacer. Que vivía atrapada en un bucle histriónico y que por eso me había comprado un pintalabios rojo por error.

Porque, en realidad, lo que necesitaba era una ilusión.

De repente me di cuenta de lo que había dicho y lo miré.

Era realmente precioso. No le cabía ni un poco más de hermosura en esa cara.

Me miraba como si yo fuese un domingo o una chocolatina.

-Puedo intentar acompañarte, si me dejas. Sé cuál es la cantidad exacta de agua que tienes que tomar con esa pastilla y puedo acercarte el vaso al lugar en el que estás haciendo cosas.

-¿Tú sabes algo de promesas y traumas o eres más de destino? le pregunté.

—Soy un tipo con suerte ¿Y tú? ¿Tienes suerte?

Estuve a punto de contarle lo de mi padre, lo de mi madre y aquella costumbre familiar de querer a la gente con cierta moderación.

Pero estaba cansada de explicarme.

-No lo sé. Nunca he comprado un pintalabios rojo por voluntad propia.

Miró el pintalabios que todavía llevaba en la mano.

-¿Y si esta vez no ha sido un error?

Me quedé callada.

Era la primera vez en toda la mañana que conseguía hacerlo.

Se quedó callado.

Por primera vez parecía menos guapo. Aquello me tranquilizó muchísimo.

-Podríamos tomar un café -dijo.

-Podríamos.

-¿Mañana?

-Mañana tengo muchas cosas que hacer.

-¿Y pasado?

Lo miré. Seguía oliendo extraordinariamente bien y empezaba a parecerme una persona bastante imprudente.

-¿Tú no tienes miedo de que las cosas salgan mal?

-Claro.

-¿Y entonces?

-Pues que salgan mal.

Me pareció una filosofía de vida propia de un imbécil. Pero llevaba años rodeada de otro tipo de personas  y tampoco podía decir que me había servido de mucho.

Acepté el café.

Nos enamoramos, nos fuimos a vivir juntos y durante algún tiempo fui insoportablemente feliz.

Después se murió.

No, es broma.

Me dejó por otra.

Mi madre tenía razón en casi todo, salvo en una cosa: el problema nunca fueron los hombres que olían demasiado bien.

El problema era que yo tenía muy buen olfato.



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