El progreso llegó a Massachusetts



Corría el año tal y el ferrocarril estaba a punto de llegar a Massachusetts.

Los indios ya estaban allí, pero el tren no.

Primero habían llegado los indios, después los blancos y, finalmente, otros blancos que vivían en otros sitios y que habían inventado un tren para poder ir a Massachusetts cuando les apeteciera.

A los blancos de Massachusetts les pareció una idea estupenda. A los indios nadie les preguntó, seguramente porque ya estaban allí desde antes y eso, en cuestiones de progreso, siempre ha sido una desventaja.

Los indios tenían caballos, que, la verdad sea dicha, siempre habían funcionado bastante bien. 

Los cuidaban con esmero. Se cepillaban el pelo y cepillaban también el de sus caballos hasta sacarles un brillo inesperado. Un negro tan negro y tan brillante que, hasta entonces, yo desconocía que pudiera existir el color negro brillante.

Yo llegué a caballo. Porque tenía mucha prisa.

Mi novio me había escrito una carta en la que me pedía matrimonio. Estaba aprendiendo todo lo que había que saber sobre trenes y, cuando terminara de aprenderlo, sería maquinista.

Así que cogí mi caballo y, en un periquete, me planté en Massachusetts.

Entiendo que se montara el alboroto que se montó. La verdad es que yo, por aquellos años, era bastante… no sé qué, no sé cuántos, que dirían las señoras de postín. Nunca supe muy bien a qué se referían, pero lo decían con una expresión que me hacía sospechar que estaban disfrutando muchísimo.

Cuando bajé del caballo, me pedí un bourbon y corrí hacia donde estaba mi futuro esposo.

Estaba guapísimo, pero lo que más resaltaba en él era el indio que tenía detrás.

Aquel hombre me miraba como si jamás hubiese visto a una mujer de mi color y al verle las piernas me tiraron al suelo.

Mi prometido corrió preocupado a recogerme. Era tan poca cosa que, después de varios intentos, tuvo que pedir ayuda.

Entonces aquel hombre se agachó, me levantó del suelo con una facilidad que ni yo misma lo hubiera hecho mejor y me sostuvo contra su pecho.

Tenía la oreja apoyada sobre él y podía escucharle el corazón. Daba unos puñetazos tremendos, como si quisiera decirme algo y no encontrara otra manera de hacerlo.

Cuando me devolvió el equilibrio sobre mis pies, tuve que explicarle que le amaba.

Así, sin más. Tampoco me pareció que hubiera mucho que discutir que habría cogido mi caballo, le habría hecho montar detrás de mí, con su pelazo negro al viento, y nos habríamos marchado a las montañas, con los lobos, las águilas y todo eso.

Pero no podía.

Tenía que quedarme en Massachusetts y casarme con el canijo, que estaba aprendiendo a conducir trenes y tenía toda una vida por delante para demostrarme que había hecho una buena elección.

Y ya con el tiempo, los hijos y todo eso, igual hasta le quería.

Por fortuna, el indio no hablaba mi idioma.


Salió corriendo hacia las vías del ferrocarril, apoyó una oreja sobre uno de los raíles y gritó:

- ¡Tren!

Fue un día tan largo y tan intenso.

Ese mismo domingo me casé.

Y desde entonces fui muy feliz, incluso cuando mi marido se marchaba de viaje.




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