Cielo de chocolate

"Tienes un cielo de chocolate debajo del ombligo". A veces me dice cosas que me hacen cosquillas en el corazón y cuando el alma se le pone de trapo sin saber porqué, cualquier martes del año, en cualquier rincón de la Habana suena una canción  impía, y hay que darle cura y los dedos se me deslizan como potrillos entre su ropa interior y el cerebro me habla por dentro de la cabeza y me dice cosas como  "júrale que tu amor es más grande que un
dinosaurio vivo o muerto" o "golpea sus costillas con un martillo para sacarle el corazón  antes de que crucemos el Misisipi en un barco de esos  y una canción negra te recuerde lo blanquiderma  que eres". 
Pero de repente los domingos se le resbalan por las pestañas como amapolas domésticas y un verso de amor y mermelada se me cae sobre el papel y todas las cosas que se me meten por los ojos se convierten en cuentos para niños grandes y las disfruto como coger  caramelos, a ciegas, de una bolsa sin saber qué sabor te va a tocar,  mientras me canto una de esas canciones que hablan de chicos y chicas en la playa. 
A las once de la noche, cuando podemos volver de  paseo, me siento en el bordillo de una mecedora roja, la de pensar, a esperar tranquilamente que se me enamore.


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