domingo, 12 de noviembre de 2017

Leonard Cohen

Hace un año que murió Leonard Cohen y yo tengo la gripe.
Leonard Cohen debajo de la tierra y yo encima de la tierra. 
Tengo fiebre. El calor amasa mi cuerpo y lo condensa en la cabeza. Una calentura pelirroja y oxidada se deja caer, se acomoda, se acurruca en mis párpados imposibilitando con su peso la visión y mi cerebro es ahora una masa amorfa a la que gritan voces añejas desde pesadillas extremas.
El frío ha llegado tarde pero intenso. Un jueves por la tarde la oscuridadempezó a tragarse el día y a todos los veraneantes y el cielo plantó un mar delante de mi portal para que la farola se siente luna cuando se refleja en sus sucias aguas. Desde entonces siempre es jueves.
Creo saber quiénes son los que me cuidan. La mujer es mi madre, la puedo reconocer por su olor de puchero, el otro, un hípster circunspecto clavado en la cruz clavado a su vez en la pared del cabezal por el que el Padre nos abandonó, pero qué padre no vengaría la muerte de su hijo durante 1984 años si pudiese.
Me ha engordado la lengua y no me apetece hablar. Gorda y disecada recuenta los dientes al tacto una y otra vez y pide hidratación a los labios astillados.
Veo animales por la parte de dentro de mis ojos que nunca he visto en la realidad y cabezas que flotan y mucho ruido, batallones de tábanos orquestados al vuelo. Ojalá me baje la fiebre.
Hay gente que se muere y la gente que se queda viva piensa que no pasa nada, que el mundo sigue girando, pero por cada uno de nuestros muertos al mundo Le sale Una arista. Un día el mundo cuadrado frenará y volcareis y vuestras aristas juzgarán vuestra memoria mientras canto con Leo desde lo alto del Bali "dance me to the end of love" .

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