miércoles, 7 de septiembre de 2016

OKAVANGO

   La bondad del sol en África es la que nos permite contemplarlo sin tapujos a su entrada y salida de la tierra. Es el bocadillo de nocilla al salir del cole, el rascarse la marca de las gomas de unos calcetines que te aprietan, aflojarse la corbata, poner la radio justo cuando suena tu canción, el olor a chocolate por la mañana, una película de miedo el viernes y el domingo una de amor, encontrar el mar cuando no ves la salida, un chiste malo a tiempo, la llamada que ya no esperabas, el hipo que se genera cuando ríes y lloras a la vez, la sinceridad de un abrazo apapachao...
   El sol en África es una brasa circular perfecta, naranja de fuego, explosión e incendio comedido en su naturaleza que impregna en una alquimia mística, con un viscoso y efímero ámbar, la silueta de animales que permanecen mansos al último baño de luz del día. Incunables títeres de sombras en su grandeza, en un decorado de ensueños donde la vanidosa estrella  aprovecha para convertir cualquier agua en espejo donde cada ser vivo pueda disfrutar de la hermosura de su reflejo.
   Hay un río  en África díscolo, distraído, independiente... un río que no sigue leyes. Hay un río que alimenta sus campos, carnes, peces y atardeceres. Hay un río que elige sus humildes aguas, puras en esencia.Hay un río que revienta de hermosura  sus orillas.  Hay un río que no se hace viejo, un río eternamente joven . Hay un río que nunca será agua, que nunca será mar... Ése es el precio de la belleza magnánima que paga un río a contracorriente por elegir su propia muerte.

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